Piedras en la playa Espasa
Muchas veces me han dicho que la vida es lo opuesto a la muerte.
Siento que, simplemente, es aquello que transcurre entre el nacimiento y el deceso, los hitos que marcan las puertas de nuestros caminos. ¿Quién sabe de donde venimos y hacia donde nos dirigimos? Hace tiempo que dejó de importarme ninguna de las dos cosas, dispuesta exclusivamente a vivir el paréntesis con decencia y amor.
Leo hoy reflexiones de alguien a quien aprecio acerca de la vida; el existir ligado al pensamiento y me asombro leyendo acerca de la existencia de una piedra.
Y es que una piedra ES. Existe en sí y existe mucho más que yo. Puedo saber su procedencia, la roca madre que le dió vida al fragmentarse, y su ocaso; la suave arena de una playa quizás (bueno, vale, o parte de la argamasa de una construcción horripilante, pero eso quitaría todo el romanticismo de la vida de mi piedra).
Pero aquel francés me impidió todo tipo de idea romántica diciéndome que no se puede dar credibilidad a los sentidos puesto que pueden engañarnos.
Pienso, luego existo. No puedo dedicarme a elucubraciones metafísicas aunque me divertirían bastante (y hay que amortizar este nuevo aparatito de segunda o tercera mano desde el que escribo) pero estoy convencida de que me llevarían a decidir que hay una enorme cantidad de entes -porque a eso no se le pueden llamar personas- que no existen puesto que no es posible, de ninguna manera, creer que piensan. La lista sería larga y agotadora y serviría para encuadrarme -con desacierto, seguro- en casillas en las que no quiero estar. En este país dual, o eres blanco o negro, no sabemos contemplar con tolerancia la exquisita gama de grises existente entre ambos colores. Y , por tanto, deberíamos expulsarlos del planeta sin más dilación, ¿qué más da, si no existen? ¡Qué felicidad la nuestra sin corruptos, arribistas, advenidizos y cantamañanas varios!
Ups...hay que ver lo que da de sí un guijarro.